Roberto García Moritán: “ Sufrí la discriminación de una maestra que me hacía pasar al frente para darme cachetadas”

Nació en New York y creció cerca de Ginebra. Llegó a la Argentina con un acento extraño que le valió el apodo de “el Suizo”. Siempre quiso ser como su padre pero aprendió a decirle “te quiero” en la adultez. La lección de su abuelo que “murió de amor”. El motivo del fin de su primer matrimonio y los siguientes 13 años “sin amar”. Cómo sedujo a Pampita durante un mes de videollamadas. “La misión” con la que nació Ana, su tercera hija. Qué quiere de la política y por qué dice estar viviendo “el presente que soñé toda la vida”

Ser “el marido de Pampita” lo enorgullece tanto como que lo llamen “el hijo de Roberto y de Lucila”, “el nieto de Lala, de Tata y de Locy” o “el papá de Santino, de Delfina y de Ana”. Es por eso que los prejuicios y ciertas miradas peyorativas, como señala, no logran resultarle más que “meras ingenuidades”. A lo largo de este encuentro, y convencido de que “también somos nuestros vínculos y circunstancias”, Roberto García Moritán (47) desandará episodios de su historia citando a los mentores de los valores que lo han definido y aún lo inspiran. Un relato válido para conocer un poco más a “alguien siempre dispuesto a arriesgar mucho en cada giro de la vida”, que lo ha paseado del sector corporativo a la empresa gastronómica y hoy lo deja cara a cara con su vocación política, “un destino que finalmente me sería ineludible”. Reflexiones, claves y secretos del camino que lo ha traído hasta “el presente que siempre soñé”.

“Durante mucho tiempo vi a mi padre como una figura a la que quería parecerme”, cuenta. “Me fascinaba su convicción. Ese avanzar siempre de un destino a otro con tanta determinación y seguridad”. Roberto García Moritán (73), en el Servicio Exterior argentino desde 1970, llegó a ser vicecanciller de Jorge Taiana entre 2005 y 2008, durante la presidencia de Néstor Kirchner y el primer tramo de la de Cristina Fernández (con quien tuvo diferencias que definieron su renuncia). “Un diplomático de raza, como lo fue mi abuelo y mi tío Martín… Una tradición familiar que vine a romper”, suelta con gracia. “Papá fue convirtiéndose en una persona cálida y cercana con el pasar de los años”, reflexiona. Y esa aparente sensación de distancia “podría ligarse a la prioridad que significó su carrera en tiempos de su juventud. Precisa y paradójicamente por ese arrojo, el empeño que tanto admiraba de él”, analiza hoy. “Un aspecto sobre el que, tal vez, supo recapacitar en su madurez, con el llegar de esa sabiduría propia de la vida. Después de todo, nada es más importante que la familia”.

Reconfiguró esa relación entrada la adultez. “Ahora, de repente, nos llamamos por teléfono y es un: ´¡Qué hacés, viejo! Te quiero…’. Sale fácil, sí. Y es lindo cuando un ´te quiero´ sale tan fácil”, desliza Roberto. “Ya retirado, se dedica a escribir artículos y a darme consejos. Mi nuevo mundo (se refiere a su cargo de legislador de la Ciudad de Buenos Aires por Republicanos Unidos / Juntos por el cambio, asumido el 10 de diciembre de 2021) lo entusiasma y eso me permite conectar con él desde otro lugar”, cuenta. “Debí haberlo escuchado antes, cuando lo que me proponía como idea no me hacía mucho sentido. Porque siempre creyó en mí. Papá supo ver mi vocación política mucho antes que yo. Desde mi adolescencia me incitó a desafiarme, a armar centros de estudiantes, a desarrollar emprendimientos. Él me empujó a arriesgarme, a ponerme a prueba, a esforzarme para competir. Y, principalmente, me quitó el miedo a perder”, relata. “Ahora lo entiendo. Y también entiendo que estoy en el lugar y en el momento correcto, dedicándome a lo que más me moviliza”, asegura. “Y fijate como son las vueltas de la vida, ¿no? En una de nuestras últimas conversaciones me dijo que lo que más lo conmovía de todo esto era mi determinación, lo mismo que yo adoraba de él cuando era chico”.

16 años después, Roberto vuelve a iniciar el ciclo de la paternidad. Ana llegó el 22 de julio de 2021 con una “misión: la de unir la sangre de ambas familias”, asegura. “Uno pasa años creyendo que jamás sentirá eso que pasó en el nacimiento de un primer hijo. Y luego de tanto tiempo la bebé trae una nueva sensación: la de ser nuevamente primerizo. Tal vez tenga que ver con la madurez, con la experiencia, con finalmente saber quién es uno realmente. Eso fue lo que me sucedió con su llegada. Hoy tengo la capacidad de detenerme en situaciones y detalles muy pequeños que me maravillan”, cuenta. “Y lo que más llama mi atención es que no recuerdo si alguna vez sentí esto que tengo con Ana: mirarnos a los ojos y conectar de un modo tan fuerte que podemos hablarnos sin emitir sonido. Y es algo realmente increíble”. Entonces despliega una serie de rituales y rutinas entre los dos. “Hasta hace poco, mis mañanas eran con ella. De 6 a 9 leía los diarios, desayunaba e iniciaba mis actividades con mi hija en brazos. Luego la regresaba a la cama con su mamá. Y hoy, cuando Caro termina su jornada de trabajo, le gusta llegar a casa y salir de Pampita, despojarse del personaje. Entonces se toma el tiempo para bañarse, reorganizarse, relajar un momento… Y entonces ese lapso vuelve a convertirse en nuestro momento privado: Ana y yo armamos cuevas con almohadones en las que nos escondemos. Siempre es el mismo plan: ella se escapa, yo la persigo y nos reímos a carcajadas”.

Ana fue “la niña más buscada”, según Roberto. Durante aquel mes (y algunos días) de videollamadas con Ardohain de las que hablaba, “volver a ser padres había sido un ítem común a las dos listas de todo aquello que queríamos vivir”, revela. “Es más, tan claro estaba para ambos que habernos casado tan rápido tuvo que ver con eso. Con acelerar esa marcha hacia las metas. Empezamos a buscar a Ana al poco tiempo de conocernos… ¡Fijate la magnitud de nuestra convicción!”, cuenta. “Fue un objetivo claro que nos llevó un año y medio de intentos”. Hablamos del ensamble. De lo fácil que ha resultado con cinco chicos de edades muy dispares “que se han sentido hermanos desde el inicio”, señala. “Los hijos de Caro me sorprenden. Ejecutan el orden a la perfección. Son muy disciplinados. Se acuestan y se levantan temprano… Ellos tienen su personalidad muy definida. Bautista (Vicuña, 14) es sensible, el más romántico, y Beltrán (Vicuña, 10) es el esquemático, por ejemplo. Y Benicio (Vicuña, ocho), tan gracioso. Son fantásticos”, afirma.
García Moritán se refiere a ellos como “mis hijos del corazón”. Y el trato cordial que mantiene con Benjamín Vicuña (43) –del que no dirá más que “juega fútbol muy bien”– radica, principalmente, en asegurar el “marco amoroso” para el crecimiento de cada uno chicos. “Es importante que vivan rodeados de amor. Si él me necesita y a los chicos le hace bien vernos juntos, así será”. Es contundente en lo que afirmará y creíble de acuerdo a su historial de decretos personales: “Tengo programada mucha felicidad para este gran equipo que conformados. ¡Nos imagino con muchos nietos!”, suelta. “No podría ser más dichoso que en este hogar”. Es inevitable entonces evocar la memoria de Blanca por la “señal” de la que su madre habló alguna vez. Pampita manifestó que Roberto llegó a su vida tras un pedido expreso a su pequeña, fallecida en 2012 (hoy tendría 16 años). “Caro está convencida de que Blanquita tuvo que ver con nuestra historia. Entonces yo también lo estoy”, declara. “Pero sea como sea, no tengo la más mínima duda: ella cuida de esta familia más que nadie”.
“¡Dormimos muy poco…! ¡Muy poco!”, dispara Roberto entre tanto conversamos sobre ese tiempo especial que merecen las parejas, aún más en un contexto de demandas múltiples como es el caso. “Para mimarnos, somos muy simples. Simples para todo. Entiendo que haya cierta fantasía en torno al estilo de vida que pueda llevar Caro. Pero ella es una chica sencilla, del Interior, tranquila y familiera”, dice. “De repente el mejor plan es mirar una serie”, cuenta. Por cierto, miran The Staircase (2022), el drama judicial de Antonio Campos basado en hechos reales que se centra en resolver la inocencia o la culpabilidad del escritor Michael Peterson, sospechado de haber asesinado a su mujer, caída por una escalera. “O tal vez nos resulta genial salir caminando a tomar un helado o a hacer las compras en el supermercado”, suma. “Y es impresionante el nivel de popularidad que Caro tiene en todos los estratos sociales y entre todas las edades. En la calle, ella le dedica atención todos con una capacidad admirable de, en cuestión de dos o tres minutos, transmitir amor y hacer sentir importante a quien le habla o le pide una foto. Pero son dos o tres minutos, eh. Y después sigue con lo nuestro, administrando muy bien el tiempo de cada uno”, explica. “Queremos, para nosotros y nuestros hijos, una vida lo más normal posible y para siempre”.

“Claro que la popularidad de Caro fue un valor que consideraron quienes pensaron en mí. Pero pesó mi perfil”, asegura Roberto en términos de su arribo al plano político. “Entendieron que soy un emprendedor comercial con la realidad bien sabida y un tipo con compromiso social avalado por años de acción. Alguien con conocimiento técnico, político y cuerpo muy bien puesto a la situación. Factores suficientes para que Ricardo Lopez Murphy (70) creyera en mí”, relata. Y en términos de proyecciones en este nuevo camino, declara: “En Argentina puede pasar cualquier cosa. ¡Cualquier cosa! Y mi satisfacción personal tendrá que ver con ser parte del equipo que solucione sus problema dando batalla cultural contra la pobreza, la inflación, los narcos y la corrupción. Yo vengo a trabajar, a prestar mi hombro, mi cabeza y mi corazón”. Respecto de si todo político fantasea con la presidencia en algún instante de su trayecto, Roberto responde con mesura: “Todavía, no. Todavía, no”.
¿Cómo se ha digerido este gran paso puertas adentro? “Caro y mis hijos fueron testigos de mi trabajo en el asistencialismo social. Me vieron yendo a los barrios vulnerables, trabajando muy de cerca para y con la gente. Un trabajo mucho más sacrificado que cualquier otro. Y al llegar la oportunidad de ser legislador porteño, insistieron: ´Vos debés estar ahí´. La persona que más me apoya es Caro. Sabe a lo que vengo y está orgullosa de las decisiones que tomo”, cuenta. Y la tarea de Ardohain (“perfeccionista y disciplinada”, como su marido la describe) no se limita solo a la compañía. “Ella me ayudó mucho, sobre todo en mi relación con los medios”, revela. “Al principio me costaba demasiado enfrentar una cámara, la pregunta, la insistencia sobre mi vida íntima. Ver mi propia imagen en una revista o en una pantalla me resultaba… uff, muy fuerte. Caro me ayudó a no sufrir tanto. A esquivar momentos incómodos. A manejar mis fortalezas y debilidades…”, enumera. “Ella me marca los errores: ´Esto no me gustó´; ´Fijate el modo en que te paraste ahí´; `No contestes de esa forma´. Me inculcó el respeto a la pregunta de un periodista. Al medio que se interesa en mí. Y a no sacarme de encima las respuestas, sino a darle el tiempo y el tono que merece cada una de ellas, recordando que todas deben transmitir esencias y valores”, explica. “Mi mujer es así, sumamente interesante”.
Finalmente hablamos de artes, cualidades, ingenios y destrezas inéditas en su haber. Y Roberto construye una reflexión que lo contenta. “En el San Juan Bautista, el colegio en el que hice mi secundaria, cada año se hacían olimpíadas internas. Jamás estuve entre los tres primeros de ninguna disciplina. Pero sí entre el cuarto y el quinto lugar de entre cientos de participantes. Algo que me permitió mantener un buen promedio”, dice. “Nunca fui ni el que saltó más alto, ni el que corrió más rápido ni el que arrojó la jabalina a mayor distancia, pero siempre estuve en el podio. Yo creo que ese es mi gran talento”.

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