Esta depresión (su nombre técnico es philtrum) también la poseen ciertos mamíferos y no está ahí por casualidad. El hueco está definido por dos crestas ligeras en la piel que lo circunscriben. En función de cada rostro serán más profundas o tendrán diferente anchura y longitud. Su relevancia está en que es el último punto que se forma de la cara de todos los seres humanos, como para decirlo de alguna manera, el rostro se cierra en este punto.
El desarrollo de la cara tiene lugar en el segundo y tercer mes de embarazo. Si el philtrum no se forma durante esta etapa, por razones genéticas o ambientales, entonces nunca lo hará. El rostro es el resultado de una especie de “rompecabezas” formado por tres partes principales que llegan a unirse justo en el medio del labio superior formando ese reconocible rasgo que todos nuestros rostros comparten.
El labio leporino que tienen algunas personas sería el resultado de un desarrollo del rostro diferente o inusual. En ciertos casos se trata de una malformación y en otros su resultado genera una pequeña marca sobre el labio superior, por lo general, tratada mediante cirugía en los primeros meses de crecimiento.
La función perdida:
Este surco, como explicábamos, se comparte con otros mamíferos. En ellos tiene una función muy clara que, en algunos casos, aún se utiliza. Los animales que más dependen de su olfato utilizan el surco para trasladar algo de la humedad de la boca hacia el hocico para mantenerlo hidratado. Los animales que tienen la visión potenciada por encima del olfato además de no usarlo, en ciertos casos es inexistente.
En los humanos esta función no existe. El surco nasolabial no cumple ese rol porque no es necesario y es un vestigio que quedó de la evolución de la especie. Antiguamente el olfato cumplía una función mayor en los humanos que la vista.
Un mito en torno a su existencia
Una vieja historia judía cuenta que cuando un niño está en el vientre de su madre y por ser extensión de Dios contiene en sí mismo todo el conocimiento del mundo.
El número de estrellas en el firmamento, el número de gotas de agua que contiene un océano o los granos de arena que cubren los desiertos, el conocimiento mismo del cosmos y claramente cada letra y palabra de la Torah, los vedas y el Corán.
No hay misterio sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o el mar que no pueda resolver, pero cuando está a punto de nacer, su Angel de la guarda baja del cielo y colocando un dedo sobre sus labios sella todo su conocimiento dentro de él.
Mientras le susurra una sola palabra «aprende» y así el bebé queda marcado con un huequito entre los labios y la nariz, es la marca del dedo de su Gurú que lo invita a utilizar al máximo su libre albedrío para servir a sus semejantes y abrirse paso en esta prueba que es la vida.