El reloj visible desde la Plaza Wenceslao, en el centro de Praga, marcaba las tres de la tarde del 16 de enero cuando Jan Palach entró en el paseo, se bañó con la nafta que llevaba en un bidón y se transformó en una antorcha humana. La plaza estaba llena de gente. Los testigos lo vieron correr envuelto en llamas desde la fuente que estaba junto al Museo Nacional hacia la Casa de Alimentos, en la esquina de enfrente. En el trayecto pasó cerca de la caseta del cambiavías de los tranvías que por entonces atravesaban la plaza. El operario de turno, un hombre de apellido Spirel, lo vio venir, estupefacto, pero no tardó en reaccionar: se sacó el grueso abrigo que lo protegía del frío invernal, interceptó la carrera del joven prendido fuego y lo envolvió para sofocar las llamas.
Poco después llegó una ambulancia que lo llevó al hospital más cercano, frente a la plaza Karlovo náměstí. Allí, aunque estaba muy grave, no quisieron recibirlo porque no tenían lugar. Entonces la ambulancia siguió su carrera hasta la Clínica de Quemaduras, en la calle Legerova, donde lo internaron.
La carrera de una antorcha humana a lo largo de una de las plazas más concurridas de Praga era un hecho imposible de ocultar. Horas después, la Radiodifusión Checoslovaca dio la noticia mediante un frío comunicado oficial: “La Administración Municipal de la Seguridad Pública en Praga informa que alrededor de las tres de la tarde de hoy, en la Plaza Venceslao sufrió serias quemaduras J.P. de 21 años, estudiante de la Facultad de Filosofía. Se roció con un líquido inflamable, le prendió fuego a su ropa y se produjo serias quemaduras. El motivo de este acto se investiga”.
Al día siguiente, la noticia estuvo en los diarios de casi todo el mundo. Después de una primavera sofocada brutalmente, el frío invierno de Praga se había prendido fuego.
El operario ferroviario de apellido Spirel reaccionó rápido y con su abrigo intentó apagar el fuego que rodeaba el cuerpo de Palach (HBO)