El Niño se intensifica en América Latina: advierten por inundaciones, contaminación del agua y dengue

Los pronósticos anticipan que el fenómeno podría alcanzar una intensidad excepcional durante la primavera y extenderse hasta comienzos de 2027. Especialistas advierten por riesgos sanitarios asociados al dengue, el calor extremo y el acceso al agua segura.

El fenómeno de El Niño avanza hacia una fase de mayor intensidad y pone a América Latina ante meses de especial atención. El fenómeno climático, activo desde mediados de este año, podría alcanzar una magnitud excepcional durante la primavera y el verano, con efectos que van desde lluvias intensas e inundaciones hasta sequías, olas de calor y un aumento del riesgo de enfermedades vinculadas al clima.

Los últimos pronósticos reforzaron las señales de alerta. El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) indicó en agosto que las condiciones del ENOS son consistentes con una fase cálida o El Niño y estimó una probabilidad cercana al 100% de que se mantenga durante el trimestre agosto-septiembre-octubre.

Las proyecciones de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) van incluso más allá. Para el trimestre octubre-noviembre-diciembre, el organismo calcula un 95% de probabilidad de que el índice utilizado para medir la intensidad del fenómeno alcance valores correspondientes a un El Niño muy fuerte . Además, prevé que continúe durante los primeros meses de 2027.

La intensidad, sin embargo, no permite anticipar de manera automática qué ocurrirá en cada territorio. Incluso un episodio excepcional no genera necesariamente los mismos efectos en todas las regiones, aunque sí aumenta la probabilidad de eventos compatibles con el comportamiento típico de El Niño. NOAA advierte precisamente que la fuerza del fenómeno no equivale de manera directa a la magnitud de sus impactos.

América Latina, entre inundaciones y sequías
Uno de los principales desafíos es que El Niño modifica la circulación atmosférica y produce efectos muy diferentes según la ubicación geográfica. Las proyecciones contemplan mayores probabilidades de precipitaciones por encima de lo normal en sectores de la costa del Pacífico sudamericano y del Cono Sur, mientras que partes de Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica pueden enfrentar condiciones más secas.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que el episodio continúa fortaleciéndose y que, combinado con temperaturas oceánicas excepcionalmente altas, puede modificar de manera significativa los patrones de lluvias y temperaturas durante los próximos meses.

Pero las consecuencias no se limitan a inundaciones o sequías. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) alertó que el escenario 2026-2027 puede afectar la disponibilidad y calidad del agua, la seguridad alimentaria, la infraestructura sanitaria y la circulación de enfermedades transmitidas por mosquitos, por el agua o por alimentos. Entre ellas aparecen dengue, malaria, zika, chikungunya y cólera.

El dengue, uno de los principales riesgos
Un trabajo publicado en julio en PLOS Global Public Health , encabezado por la investigadora Yasna Palmeiro-Silva, plantea que los pronósticos estacionales deberían ser utilizados como una herramienta de salud pública para anticipar los efectos del actual El Niño en América Latina.

Los antecedentes explican la preocupación. Un estudio sobre la epidemia de dengue de 2024 encontró que, al comparar las primeras 15 semanas de ese año con igual período de 2023, los casos aumentaron en promedio alrededor de un 600% en los países analizados de las regiones andina y del Cono Sur.

A esto se suma el efecto de las temperaturas extremas. Una investigación internacional estimó que América Latina y el Caribe registraron unas 8.436 muertes en exceso vinculadas con olas de calor durante 2023.

Palmeiro-Silva explicó que el fenómeno debe analizarse junto con el calentamiento global: «El Niño no es un fenómeno local, sino una reorganización de la circulación atmosférica tropical. Debido al cambio climático que está ocurriendo en paralelo, es probable que se vea exacerbado y más extremo».

El aumento de las temperaturas puede favorecer además la transmisión del dengue. «El calor acorta el desarrollo larvario y el período de incubación extrínseca del virus, de modo que la transmisión se acelera semanas antes de lo habitual. Y hay una paradoja clave: la sequía también aumenta el riesgo, porque cuando falla el suministro los hogares almacenan agua y multiplican los potenciales criaderos», señaló.

La especialista aclaró, sin embargo, que el escenario climático no implica necesariamente que los casos vayan a dispararse. «Esto podría no traducirse 100% en un aumento de dengue, puede que si o puede que no, todo dependiendo de cuán bien o no nos preparemos. Por lo que la ventana de acción es ahora, antes del pico estacional».

El agua, otro punto crítico
El acceso al agua segura será uno de los aspectos centrales durante los próximos meses. Las amenazas son distintas de acuerdo con el escenario climático: las inundaciones pueden contaminar pozos y redes por desbordes cloacales, mientras que las sequías reducen la disponibilidad de agua, dificultan las condiciones de higiene y pueden obligar a recurrir a fuentes inseguras.

La OPS incluyó precisamente entre los principales riesgos sanitarios del actual fenómeno las enfermedades transmitidas por agua y alimentos, junto con las asociadas a vectores y al calor extremo. También advirtió sobre posibles daños en establecimientos sanitarios, interrupciones en el suministro de medicamentos y dificultades para sostener la atención médica durante emergencias.

Frente a este panorama, Palmeiro-Silva puso el foco en la prevención: «El control vectorial debe ir acoplado a un abastecimiento confiable y a la gestión de residuos sólidos. Concretamente: estratificar territorios por riesgo con vigilancia entomológica y pronósticos climáticos, eliminar criaderos en depósitos domiciliarios, cementerios y neumáticos, sostener el trabajo comunitario y preparar la capacidad clínica para el manejo temprano».

«Lo importante, desde la salud pública, es contar con planes de vigilancia activa, tanto ambiental como de salud y casos de dengue, para tomar acciones tempranas de preparación o correctiva. Esta información debe comunicarse de manera clara, precisa y a tiempo a las comunidades, en especial las que se encuentran a mayor riesgo», añadió.

La principal advertencia de los especialistas no pasa entonces por dar por sentado que se producirán catástrofes, sino por aprovechar la capacidad de anticipación. Los pronósticos no indican con exactitud dónde ni cuándo ocurrirá cada evento extremo, pero permiten identificar los territorios y poblaciones más expuestos y preparar con antelación los sistemas sanitarios, el abastecimiento de agua y las estrategias de prevención.

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