El 8 de diciembre de 1983, mientras la Argentina recuperaba su democracia después de siete años de dictadura, una adolescente chaqueña desaparecía en silencio. Tenía apenas 15 años. Su nombre era María Luisa Quevedo, y su historia todavía conmueve —y duele— en la comunidad de Sáenz Peña. Cuarenta y dos años después, el crimen permanece impune.
María Luisa trabajaba como empleada doméstica y vivía con su familia en un barrio humilde de la ciudad. Aquella tarde salió de su casa y no volvió. Su desaparición generó preocupación inmediata entre sus hermanos y vecinos, que iniciaron la búsqueda sin apoyo suficiente de las autoridades policiales.
Tres días más tarde, el 11 de diciembre, su cuerpo fue encontrado en un predio descampado en las afueras de la ciudad, semisumergido en un sector inundado. Presentaba signos de violencia extrema: había sido violada y estrangulada. La escena, según archivos de la época, revelaba una brutalidad que sacudió a la comunidad.
Una investigación que nunca avanzó
A pesar de la conmoción inicial, la investigación policial avanzó poco y mal. Con el paso de las semanas comenzaron a circular versiones extraoficiales: nombres de posibles responsables, jóvenes vinculados a familias influyentes, sospechosos que habrían abandonado el país, testimonios que nunca fueron tomados y presuntas amenazas a vecinos que intentaron declarar.
La justicia chaqueña jamás logró —o nunca intentó— clarificar lo ocurrido. El expediente sufrió idas y vueltas, cambios de fiscalías y largos períodos sin movimiento. Finalmente, en 2003, la causa fue declarada prescripta, extinguiendo así cualquier posibilidad de imputar a los responsables.
En 2011, un proyecto presentado en la Cámara de Diputados de la Nación expresó su “enérgico repudio por la denegación de justicia” en el caso, pero el gesto simbólico no logró reactivar una investigación ya clausurada.
El caso que se convirtió en símbolo
El crimen de María Luisa Quevedo permaneció casi olvidado fuera de Sáenz Peña durante décadas, hasta que la escritora Selva Almada lo recuperó en su obra Chicas muertas, donde reconstruye el femicidio y lo sitúa como uno de los tantos crímenes de mujeres jóvenes en la Argentina de los años ’80, una época marcada por la indiferencia institucional hacia la violencia de género.
En esos años, los asesinatos de mujeres solían ser catalogados como “desgracias” o “crímenes pasionales”, sin perspectiva de género y sin protocolos de investigación especializados. El caso Quevedo es hoy un recordatorio doloroso de esa época: una adolescente asesinada cuya historia quedó atrapada entre la negligencia estatal y el silencio social.
Memoria viva en su familia
En cada aniversario, familiares y allegados la recuerdan públicamente. “Esperamos justicia durante años, pero nunca llegó la terrenal. Solo confiamos en la divina”, expresó su hermana en un mensaje reciente que volvió a visibilizar el caso en redes sociales.
A pesar del paso del tiempo, su familia insiste en que el nombre de María Luisa no debe perderse en el olvido. Piden que su historia forme parte de la memoria colectiva de la ciudad y del país, como símbolo de las vidas jóvenes arrebatadas y de los crímenes que la justicia no supo —o no quiso— resolver.
Un reclamo que persiste
Hoy, a 42 años del femicidio, María Luisa Quevedo sigue siendo una deuda pendiente. Su caso habla de una época, de un sistema y de una sociedad que en muchos momentos eligió callar. Y también habla de una familia que, pese a todo, continúa reclamando verdad y memoria.
Su nombre, recuperado y recordado, es un llamado a que las nuevas generaciones no permitan que la impunidad vuelva a ser una norma.
